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lunes, 27 de octubre de 2014

Capítulo 26.

Solo me rodeaba la oscuridad, tan negra como la noche de una 
tormenta. No supe a dónde ir, normal, estaba en un mundo 
surrealista que nadie se podría imaginar. Pero de repente empecé 
a seguir una luz que veía al final de aquel lugar parecido a un pasillo 
infinito. No sabía de dónde venía, que hacía en medio de la oscuridad 
que cada vez me invadía más, qué tenía que ver una luz blanca como 
las nubes en un ambiente tan suicida y depresivo. Pero la curiosidad 
me hizo seguirla. Andando por aquel extraño pasillo empecé a darme 
cuenta que la superficie por la que andaba  se volvía un agujero enorme, 
del que no podía escapar ya que el pasillo entero se quedó sin suelo. Y 
empecé a caer… no sabía si iba a aterrizar, tampoco me importaba en 
aquel momento. La caída me parecía una eternidad, como si quisieran 
torturarte poco a poco hasta matarte. Y desperté.


Vi unos grandes ojos marrones observándome intensivamente y de repente entró 
en mí ese sentimiento de conocer esos ojos, esas arrugas, y esas ojeras, pero no 
acordarte del nombre. Odio que me pase eso. Unos segundos después mi cabeza reaccionó y empezó a doler tremendamente. Y pocos instantes después mi mente 
volvió a la realidad. Estaba en mi cama, tumbada bruscamente y una mujer estaba buscando algo en un maletín. Cuando se giró supe quien era… la médica que tanto 
odiaba desde pequeña, que nunca me daba un caramelo a los 4 años, la que a los 
10 mandaba medicamentos que no te hacían sentirte mejor y la que a los 14 me 
vacunaba como si fuera un balón de fútbol, y nunca encontrando la vena. Miré el reloj, 
eran las 10 de la mañana, 2 de septiembre. La médica, llamada Aurelia Orlando, se dio cuenta que me había despertado y me dijo:

-Te habías desmayado, pero todo está bien, sigues viva, por suerte o por desgracia- respondió intentando ser graciosa y no consiguiéndolo.

-Vale, gracias. ¿Dónde está mi madre?- dije sin más.

-Está abajo. Puedes bajar, pero ten cuidado de no caerte, con la torpe 
que eres- dijo con su típica voz de maruja.

-No te preocupes, seré torpe, pero no tonta.- respondí.

Bajé las escaleras y allí, en el sofá, se encontraron mi madre y mi padre, la 
preocupación esparcida por sus caras y al verme soltaron a la vez un suspiro.

-Hija, ¿estás bien? No me vuelvas a dar esos sustos.- me dijo.


Sonreí levemente, pero en ese momento, observé el salón y me di cuenta: Álex no estaba. 
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