Solo
me rodeaba la oscuridad, tan negra como la noche de una
tormenta. No supe a dónde
ir, normal, estaba en un mundo
surrealista que nadie se podría imaginar. Pero
de repente empecé
a seguir una luz que veía al final de aquel lugar parecido a
un pasillo
infinito. No sabía de dónde venía, que hacía en medio de la
oscuridad
que cada vez me invadía más, qué tenía que ver una luz blanca como
las nubes en un ambiente tan suicida y depresivo. Pero la curiosidad
me hizo
seguirla. Andando por aquel extraño pasillo empecé a darme
cuenta que la
superficie por la que andaba se volvía
un agujero enorme,
del que no podía escapar ya que el pasillo entero se quedó
sin suelo. Y
empecé a caer… no sabía si iba a aterrizar, tampoco me importaba
en
aquel momento. La caída me parecía una eternidad, como si quisieran
torturarte poco a poco hasta matarte. Y desperté.
Vi unos grandes ojos marrones observándome intensivamente
y de repente entró
en mí ese sentimiento de conocer esos ojos, esas arrugas, y
esas ojeras, pero no
acordarte del nombre. Odio que me pase eso. Unos segundos
después mi cabeza reaccionó y empezó a doler tremendamente. Y pocos instantes
después mi mente
volvió a la realidad. Estaba en mi cama, tumbada bruscamente y
una mujer estaba buscando algo en un maletín. Cuando se giró supe quien era… la
médica que tanto
odiaba desde pequeña, que nunca me daba un caramelo a los 4
años, la que a los
10 mandaba medicamentos que no te hacían sentirte mejor y la
que a los 14 me
vacunaba como si fuera un balón de fútbol, y nunca encontrando
la vena. Miré el reloj,
eran las 10 de la mañana, 2 de septiembre. La médica, llamada Aurelia Orlando, se dio cuenta que me había despertado y me dijo:
-Te habías desmayado, pero todo está bien, sigues viva,
por suerte o por desgracia- respondió intentando ser graciosa y no
consiguiéndolo.
-Vale, gracias. ¿Dónde está mi madre?- dije sin más.
-Está abajo. Puedes bajar, pero ten cuidado de no caerte,
con la torpe
que eres- dijo con su típica voz de maruja.
-No te preocupes, seré torpe, pero no tonta.- respondí.
Bajé las escaleras y allí, en el sofá, se encontraron mi
madre y mi padre, la
preocupación esparcida por sus caras y al verme soltaron a
la vez un suspiro.
-Hija, ¿estás bien? No me vuelvas a dar esos sustos.- me
dijo.
Sonreí levemente, pero en ese momento, observé el salón y
me di cuenta: Álex no estaba.
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